La escuela de reingreso de Barracas y una pedagogía de la dignidad.
Como se relata en el documental
“Elogio de la Incomodidad”, la creación de estas escuelas fue la consecuencia
de un diagnóstico elaborado en 2004 acerca de los jóvenes de más de 15 y menos
de 18 años que, habiendo ingresado, no continuaban sus estudios en el
nivel secundario. Eran entonces más de 16.000 y, a los fines de generar un
espacio institucional adecuado para asegurar el derecho a la educación se
crearon estas Escuelas de Reingreso. Dos años antes, en 2002, se había
sancionado en la Ciudad la ley 898 que establecía la obligatoriedad del nivel.
Era un desafío complejo, no sólo
porque Argentina estaba atravesando una crisis orgánica tras un cuarto de siglo
de políticas neoliberales, sino porque la matriz cultural, pedagógica, política
de ese nivel era (y, hasta cierto punto, sigue siendo) elitista,
teoricista, autoritaria, jerárquica y excluyente.
Es decir, se conjugan poderosos
factores que obstaculizaban la democratización del nivel secundario y el
entonces Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra impulsó una política tendiente a
garantizar el derecho a la educación.
Recorrer esta experiencia resulta
un ejercicio fundamental para comprender qué decimos cuando hablamos de la
educación emancipadora como construcción, como batalla, como tarea siempre
revisada y como esfuerzo permanente. Es en estas prácticas concretas donde se
vislumbra la magnitud de los esfuerzos para avanzar en una pedagogía
democrática y dignificante.
La Escuela de Reingreso de
Barracas es reivindicada por sus estudiantes como un espacio de libertad, de
participación y de reconocimiento.
Muchos de estos jóvenes vienen de
lugares cuyos códigos son diferentes a los de los docentes. Puede incluso haber
brechas muy grandes entre la perspectiva de los educandos y la de los
educadores pero éstos últimos tienen una corresponsabilidad indelegable que es
contribuir decisivamente a la educación de los jóvenes tal y como son.
Esta exigencia (“incomodidad”)
planteada a los y las docentes exige comprensión y compromiso. Comprender la
complejidad de la relación pedagógica, que está inscripta en un proceso
cultural, social, político, histórico más amplio. Conocer a cada joven y
organizar una propuesta educativa que asuma las realidades que son, y que serán
modificadas por la acción colectiva de un Pueblo. Y compromiso, en este
contexto, para trabajar con jóvenes que no vienen de hogares “ideales”.
Los chicos se incorporan a la
institución con una autoestima muy baja, que emerge de un contexto vital con
derechos vulnerados y, a menudo, una historia escolar de frustraciones. Los
estudiantes advierten que en otras escuelas por las que pasaron son un número,
un legajo, un objeto a calificar y que si están o no están a casi nadie
le importa.
Un lugar en la sociedad
El rector de la Escuela de
Reingreso relata que en un encuentro propiciado por el Ministerio de Educación
de la Nación con docentes y estudiantes de secundaria hubo distintos planteos.
Surgió la demanda estudiantil para democratizar las instituciones con todo lo que
esto significa.
La experiencia aquí demostró que
es preciso trabajar con grupos pequeños, avanzando en una enseñanza casi
personalizada, que pueda destrabar inseguridades, aclarar dudas e
incomprensiones, y darle a cada quién el tiempo que necesita para aprender.
Además de las disciplinas, la
Escuela implementa talleres – como el de radio o el de teatro- y que tiene
varias funciones desde luego ligadas a la expresividad y el afecto pero le
agregan espacios de intersección con conocimientos curriculares.
El trabajo de docentes en parejas
pedagógicas permite tender un puente entre los talleres y los contenidos y
métodos de las materias, generando una ligazón entre las distintas actividades
escolares para leer la realidad. Más aún, se avanza en iniciativas que pone en
diálogo saberes y el hacer, uniendo en procesos de producción el arte, las
disciplinas y otros modos de actuar. El profesor de teatro o de dibujo se junta
con otros de curriculares y trabajan en conjunto contenidos que incluyen lo
disciplinar y lo artístico. Aprenden, generan producciones valiosas, son
reconocidos. Se produce un proceso de aprendizaje, de enseñanza donde se juega
un crecimiento distinto. La autovalorización y la recuperación de la voz
de los educandos juegan un papel fundamental en esta pedagogía.
En la misma línea de
democratización se cuestiona la lógica de que si un educando desaprobó tres
materias debe repetir la totalidad del año. Se ensayan formas organizativas
para que los jóvenes sean reconocidos en sus logros y auxiliados en sus
dificultades sin excluirlos ni estigmatizarlos. Hay flexibilidad con los
horarios y la asistencia, pues el objetivo de la institución es asegurar la
continuidad de la permanencia de los chicos. Para esto se generan dispositivos
como formularios/compromisos para que se asuman determinadas pautas para la
reincorporación del estudiante.
Los y las jóvenes hablan de esa
escuela como una escuela más humana, como familia, como preocupada por la
suerte de cada quién, como un lugar entre iguales.
La propuesta se tensa entre equilibrios
que deben ser construidos: la comprensión, la democracia, el respeto no
excluyen el valor del esfuerzo y del compromiso. Tampoco la igualdad como seres
humanos invalida el lugar de la autoridad legítima que profesores y directivos
construyen en la propuesta pedagógica diaria tanto por sus conocimientos como
por el modo de tramitarlos en el vínculo diario. El reconocimiento a los
educandos como seres humanos, como portadores de derechos y como sujetos que
también saben y pueden aprender también otorga legitimidad al profesorado.
Una clave de este modelo
pedagógico es el trabajo colectivo entre los docentes, generando múltiples
instancias de reflexión, intercambio, planificación y balance de las
propuestas que expresarán una propuesta integral, integradora y consistente. Se
verá luego cuanto debe modificarse de esa original hipótesis de trabajo, pero
la praxis colectiva docente resulta ser un requisito indispensable para una
propuesta pedagógica coherente y consistente.
Otro elemento sustantivo es el
vínculo muy fuerte de la institución con otros ámbitos extramuros: la educación
es una responsabilidad colectiva, social y del Estado. Interpela a la escuela,
pero exige la activa participación de actores que contribuyan a efectivizar los
derechos. En palabras de Néstor Rebecchi, su rector, esta articulación
“deviene, por un lado, de entender que el joven como sujeto de derecho se
presenta como una complejidad que necesita de distintos actores sociales para
un abordaje integro Y por el otro, de concebir a la escuela como una
institución potente de la comunidad que no puede pensarse si no es con el resto
de las otras instituciones trabajando en red. Solemos decir que nuestra escuela
es ‘una escuela sin paredes´, lo que no implica una escuela a la intemperie,
sino una escuela que se deja atravesar por la realidad, por lo cotidiano, una
escuela que se deja interpelar por el contexto y aprende de él, y del
conocimiento de lo territorial que suelen tener las organizaciones
sociales/comunitarias.
La escuela de reingreso viene
desmintiendo muchas “verdades axiomáticas” y su despliegue pone en el centro
del debate – y de la batalla- qué entendemos por una buena educación o una
“calidad educativa” deseable.
Hay y debe haber, sí, “justicia
curricular”. Es importante que todos y todas aprendan conocimientos valiosos
así como asumir que en el trajín cotidiano se registra la original producción
de conocimientos significativos, relevantes y pertinentes. Pero no alcanza con
esto: además del conocimiento, la calidad educativa se liga a la democracia
institucional, al respeto y dignificación de cada uno de los sujetos que la
integran y le dan sentido y contenido.
Se trata, pues, de “elevar en
dignidad” las relaciones y los procesos ocurridos dentro de la institución,
percibida y defendida como un lugar en el cual el derecho a la educación es una
realidad concreta.
El recorrido por la Escuela de
Reingreso de Barracas deja un sentipensamiento esperanzador, porque se trata de
un esfuerzo colectivo y eficaz por forzar los límites de la educación, por
contribuir a parir una pedagogía emancipadora. Una escuela donde los lenguajes
y saberes dialogan, donde el arte y la expresión juegan un lugar central – al
decir de Gianni Rodari- “no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea
esclavo”.
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